Parábola del Cabrero
- Carlos G. Lázaro
- 1 abr 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 15 abr 2025
Estábamos de ruta mi cuñado y yo por la sierra de Almería. Del mar a la montaña y vuelta, como suele ser costumbre por allí con la bici. Todo cuesta, de principio a fin, con un cómputo global de 0 elevación, ya que salimos y llegamos al mismo sitio (su casa).
Solemos ir por caminos rurales, que son más bonitos e interesantes, así que de vez en cuando nos cruzamos con diferentes animales, desde humanos hasta cabras, pasando por perretes y otros tipos de fauna del lugar.
Aquel día nos cruzamos con un rebaño completo de cabras que bajaba la vereda mientras nosotros la subíamos. Como ocupaban todo el camino nos esperamos en un mirador que había justo allí y aprovechamos para beber un poco de agua y descansar. Casi habíamos llegado a nuestro destino, pero llevábamos una hora de subida ininterrumpida y aún faltaba un poco más, por lo que recuperar un poco de fuerzas no sonaba mal en absoluto.
Al poco de pasar el rebaño nos encontramos al cabrero, que las seguía subido en su Citroën Berlingo blanca. Nos saludamos mutuamente y, sin ofrecer ningún contexto ni pretexto, nos pregunta por la altitud del mirador.
Mi cuñado le dice que debemos estar en torno a los 800-900 metros, a lo cual el cabrero nos responde “Nah, esto está más alto”. Ante la duda nos acercamos al cartel que había en el mirador, donde decía que la altitud del mirador era de 900 metros. Se lo confirmamos y su respuesta es “No, no. Esto está a 1200”.
Pausa para recordar que, sin razón aparente, fue él quien nos preguntó por la altitud a nosotros.
Mi cuñado busca en el teléfono y ve que, efectivamente, el mirador está a 900 metros y que hay otro, que además se veía desde donde estábamos, que ese sí que estaba a 1200 metros de altitud. Se lo dice y el señor responde “No. Eso está mal, esto está a 1200. Ese estará más alto”.
Ante el callejón sin salida en el que estaba la conversación y ya habiendo repuesto líquidos y fuerzas, decidimos seguir el camino. Nos despedimos del pastor y proseguimos nuestra ruta de forma satisfactoria.
Han pasado años de aquel momento pero lo sigo recordando como si fuera ayer. La vida quiso darnos una lección y yo tomé nota de ella. Sin embargo, de igual manera que mirar en todos los sitios posibles no convenció al cabrero, tomar notas de las lecciones de la vida no significa que yo aprendiera ninguna aquel día. Pero tomé nota. Tal vez algún día logre comprender la sabiduría que ese amable (pero no mucho) señor nos quiso regalar.

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